La música cofrade nace para acompañar el paso lento de un pueblo en silencio, para ponerle voz a lo que muchas veces no se puede decir con palabras.
Con el tiempo fue creciendo entre bandas, calles y generaciones: marchas que se heredan, melodías que se reconocen a los pocos compases y que, sin darte cuenta, te llevan de vuelta a recuerdos muy tuyos, volviéndose parte del imaginario popular.
Pero más allá de la Semana Santa, esta música es también un lenguaje emocional: habla de espera, de luz, de recogimiento y de esperanza.
Si te apetece descubrirla desde otro lugar —más íntimo, más cercano— escucharla a la luz de las velas y en cuarteto de cuerda es una forma preciosa de reencontrarte con su esencia.